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¿ES MALO EL ENTRENADOR MEXICANO? (PARTE DOS)

Golpe de Revés Alejandro Álvarez Zenith

Antes de entrar en materia, agradezco los comentarios de Bruno Echagaray y Agustín Moreno, dos figuras que han aportado brillo al tenis mexicano y enriquecen la discusión sobre este tema.

El modelo de clubes en México

El entrenador mexicano no es “malo” en esencia; trabaja condicionado por el sistema. La mayoría de los clubes del país —siguiendo la línea marcada desde el Club Reforma, fundado en 1894— priorizan el servicio a sus socios que pagan cuotas de mantenimiento. Se trata de un modelo social y recreativo, donde algunos ofrecen clínicas alternas, pero sin un proyecto integral para formar jugadores de alto rendimiento.

En ese contexto se generan dudas sobre la capacidad del entrenador nacional. Muchos padres con recursos optan por alternativas en el extranjero o incluso traen técnicos foráneos, convencidos de que ahí encontrarán la fórmula para que sus hijos trasciendan.

Los entrenadores nacionalizados y su impacto limitado

Actualmente, en México laboran entrenadores nacidos en otros países que ya cuentan con nacionalidad mexicana. Muchos poseen currículos reconocidos a nivel mundial, por la calidad de jugadores que han dirigido o los rankings alcanzados. Sin embargo, pese a sus credenciales, el sistema de trabajo en el país no ha modificado la historia: desde finales de los años 80 los rankings internacionales del tenis mexicano permanecen estancados.

Los pocos casos de éxito

  • Juveniles: del año 2000 a la fecha, solo tres jugadores han llegado al top 10 mundial juvenil: César Ramírez, Bruno Echagaray y Rodrigo Pacheco. Son excepciones —“garbanzos de a libra”— porque no hubo continuidad ni nuevas generaciones que sostuvieran ese nivel.
  • Profesionales: desde 1992 nadie ha igualado la marca de Luis Herrera, quien llegó a ser número 49 del mundo el 9 de noviembre de ese año. Han pasado más de tres décadas sin repetir un logro similar.

Entrenadores con prestigio

Existen entrenadores mexicanos de gran nivel:

  • David Roditti, al frente de un equipo universitario estadounidense con excelentes resultados.
  • Agustín Moreno, destacado como coach de la NCAA y como capitán de Copa Federación.
  • Antonio Palafox, reconocido por John McEnroe como su coach.

Pese a su prestigio, ninguno de estos casos se ha traducido en mejorar el ranking de jugadores mexicanos.

En el país, apenas “con los dedos de una mano” se cuentan entrenadores con buen ojo y verdadero empeño en impulsar a nacionales hacia el profesionalismo. Sin embargo, muchos de los técnicos más brillantes trabajan para clientes con poder adquisitivo, priorizando el servicio sobre el desarrollo competitivo.

El verdadero problema

El entrenador mexicano —y también los nacionalizados— es capaz y cumple en las áreas que le corresponden. El problema es estructural: no se observa un trabajo constante y apasionado enfocado en producir profesionales. Cualquiera puede diseñar una estrategia de juego puntual (cerrar con un servicio plano y potente, encimar con bola al centro, o abrir cancha con un saque cruzado), pero muy pocos entrenadores trabajan bajo un proyecto de largo plazo que lleve a un jugador nacional al máximo nivel.

Hoy, apenas un entrenador mexicano se ocupa de manera seria en ese camino porque detecta, busca recursos y genera expectativas. Quienes saben leer entre líneas identificarán de quién se trata, y ojalá que su labor fructifique en la oportunidad que hoy tiene frente a sí.

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