Alejandro Álvarez Zenith
Renata Zarazúa, sin pedir permiso ni anunciar vísperas, firmó la victoria más resonante de una mexicana en el tenis de los últimos treinta años. Lo hizo en la Catedral del cemento, el estadio Arthur Ashe, y lo hizo contra la sexta mejor del planeta, Madison Keys, mientras las cámaras de medio mundo buscaban el gesto hierático de las celebridades de Hollywood que fueron a ver espectáculo y terminaron viendo historia. El marcador —6-7 (10), 7-6 (3), 7-5— no registra sudores, angustias ni el fervor de los connacionales que ya se saboreaban otra derrota digna. Y, sin embargo, la épica llegó.
La referencia inmediata es Angélica Gavaldón en 1995, aquella vez que Jana Novotná comprobó que también las campeonas se tropiezan. Pero lo de Zarazúa tiene otra textura: se trata de vencer a la ídola local, con su público y su ruido, después de haber perdido el primer set, y de lograrlo con una combinación de garra y tenis de alta costura. Ahí estaba Renata, haciendo de su revés una consigna, un manifiesto contra la resignación: primero recto, derecha cruzada y luego a dos manos cruzado, siempre con fuego en los ojos, como si en cada golpe se jugara no un partido sino la memoria colectiva del tenis mexicano en la igualada del match.
En el punto final, un drive centrado a la derecha de la oponente bastó para que Keys fallara y la incredulidad se volviera júbilo. Zarazúa alzó los brazos, y en ese gesto cabían sus entrenamientos en Atlas Colomos desde que tenía diez años con Norma Arroyo, sus escalas por el Guanajuato Open, los WTA de México y los aeropuertos infinitos del circuito. La felicidad de la campeona improvisada contrastaba con la aridez habitual de nuestro deporte: un oasis improbable en el desierto que suele ser la historia del tenis nacional.
Hoy los reflectores iluminan a Renata, pero detrás está su abuelo, sus padres, su hermano, sus patrocinadores, y la legión invisible de quienes resisten entre canchas duras y sueños blandos. El tenis mexicano, tantas veces náufrago, encuentra en ella un puerto momentáneo. Y para quien escribe, contar esta hazaña es testimoniar la rara ocasión en que México gana no por accidente, sino por talento, disciplina y la terquedad de creer que lo imposible, de vez en cuando, también ocurre.