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ALEJANDRO HERNÁNDEZ PALME: LA ESTIRPE CONTINÚA SOBRE EL POLVO DE LADRILLO

No es exagerado hablar de linaje cuando los apellidos pesan más que las raquetas. Alejandro Hernández Palme, quien por derecho de edad aún podría batirse en las arenas movedizas de la categoría de 10 años, decidió —o le decidieron— dar el salto hacia las ligas mayores del tenis infantil y apareció, sin titubeos, en el cuadro principal de 12 años del Nacional de Canchas de Arcilla.

Allí, bajo la mirada paciente y probablemente indulgente de Alejandro Hernández Juliá —campeón nacional y cruzado de la Copa Davis cuando todavía se creía que el tenis mexicano podía tocar la gloria sin pedir permiso—, el joven Hernández Palme avanzó con solvencia a la segunda ronda.

Derrotó, con la frialdad de quien ya ha internalizado la victoria como rutina, a Lucca Becerra Rodríguez con parciales de 6-2, 6-1. Y lo hizo sobre una superficie que no perdona errores ni falta de casta: la arcilla, territorio donde el juego se construye, punto por punto, como una novela sin final feliz garantizado.

Pero no es solo Hernández Palme quien hace ruido. En la categoría de 12 años coinciden —por esas conspiraciones genéticas o casualidades gloriosas— los descendientes de clanes con abolengo deportivo: los González, Castillo Torres, Fernández, y cómo no, los omnipresentes Hernández. Cada uno, heredero de alguna historia de triunfo o al menos de perseverancia que no fue contada en televisión pero se recuerda en cada club como leyenda menor.

Organizado por la ATJ con la precisión de quienes ya saben que organizar un torneo es también narrar un país desde el deporte, el Nacional de Canchas de Arcilla se sostiene como el más antiguo y quizá el más entrañable del calendario federado. Aquí, donde los niños juegan como si los estuviera viendo la historia, el futuro del tenis mexicano no se anuncia: se insinúa, con revés a dos manos y pasión desbordada.

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