GOLPE DE REVÉS
AAZ
Este año, como mandan las tradiciones no escritas pero inquebrantables del deporte infantil, nos zambullimos una vez más en el Nacional de Canchas de Arcilla en Jalisco. Ahí, entre sol inclemente, padres con nervios de punta y niños de diez a dieciocho años que ya saben más de presión que muchos adultos, se repitió el ritual: la competencia en las categorías que, desde tiempos casi míticos, organizan nuestras aspiraciones deportivas y nuestros fines de semana familiares.
La Asociación de Tenis de Jalisco (la ya célebre ATJ) asumió la titánica pero siempre recurrente tarea de evitar el caos, y esta vez —¡milagro de la técnica moderna!— se sirvieron de un programa brasileño que permitió consultar cuadros y horarios sin necesidad de acudir al clásico método del grito desesperado o el WhatsApp saturado. Nada mal si recordamos el desastre de San Luis Potosí en 2018, cuando la “plataforma fantasma” hizo de las suyas, y Pancho Orozco, testigo y sobreviviente, todavía se estremece al contarlo.
En este contexto casi-milagroso de eficiencia digital, las categorías de 10, 12 y 14 años aparecen hoy como las verdaderas minas de talento. De ahí, si las lesiones, la prepa o el tedio no los alcanzan antes, salen los futuros representantes nacionales. Claro, la ruta es larga: primero, sobrevivir a la calificación del mundial de 14 años, ese duelo precoz contra Estados Unidos y Canadá, donde se juega algo más que partidos; se disputa el derecho a ser tomado en serio.
Ahora bien, este andamiaje competitivo no flota en el vacío. Es sostenido, no por subsidios estatales ni por un sistema estructurado, sino por los padres: esos inversionistas emocionales que cubren traslados, inscripciones, hospedajes, pelotas, encordados y, por supuesto, su propio desgaste. A ellos, un mensaje implícito: usted paga, usted sueña, pero no exija demasiado porque los directivos trabajan ad honorem (esa figura tan noble y tan útil para desactivar reclamos).
Eso sí, la convocatoria es sagrada: si dice que se jugará con cierta pelota, que aparezca la dichosa pelota en el mercado, porque si no, esto no es reciprocidad, es simulacro. Porque si usted llega un minuto tarde de lo que marca la tolerancia, lo descalifican sin derecho a lágrimas, pero si falta la pelota oficial, “pues ni modo, no hay”.
En cuanto al avance de las plataformas digitales —¡albricias!— hay que reconocerlo: ya no dependemos del “teléfono descompuesto” de los grupos de papás ni del Excel mal pegado en una pared. Pero ojo: que no se lo tomen personal quienes, desde el voluntariado deportivo, se acercan con entusiasmo a las autoridades estatales buscando alianzas, convenios y, por qué no, selfies. Porque mientras no haya sueldos, no puede haber exigencia, ¿cierto?
Y ahora que se presentará un programa ante la CONADE, conviene recordar un principio básico: si el objetivo es la promoción del deporte, más vale no echar dinero bueno al malo. Lo que se necesita no es propaganda sino brújula: canalizar talentos, dejar que los resultados hablen por sí mismos y aceptar que en el tenis, como en pocas cosas, competir internacionalmente exige algo más que esfuerzo y pasión. Se requiere una palabra mágica, un verbo poco mencionado en los discursos institucionales pero omnipresente en las conversaciones entre padres de jugadores: invertir. Porque para que tu hijo juegue un nacional, necesitas compromiso. Pero para que compita en el extranjero, necesitas algo más concreto: billete.