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KARIM BALBUENA: EL TALENTO PRECOZ QUE MERECE EL RECONOCIMIENTO MEXIQUENSE POR SU CORONACIÓN EN JALISCO

En el vasto y accidentado mapa del tenis infantil mexicano, cada cierto tiempo aparece un nombre que convoca la esperanza, el asombro y la inevitable burocracia. Hoy, ese nombre es Karim Balbuena, pequeño gladiador de cabello semilargo y derecha firme, que desde el Estado de México se abre paso entre raquetas, vuelos y el aliento incondicional de su madre y su abuela, figuras que, desde la tribuna, han sustituido la institucionalidad por el afecto como política pública.

Karim, según dictan los hechos y la lógica más elemental, ya debería estar canalizado hacia los respaldos oficiales que, en teoría, existen para talentos emergentes. No nos extrañaría que, bajo el mandato de la gobernadora Delfina Gómez Álvarez, el Instituto del Deporte mexiquense, vía la ATEM, ya haya tomado nota, emitido un comunicado y, si la agenda lo permite, entregado una medalla conmemorativa. Pero si no ha pasado, tranquilos: siempre se puede improvisar un apoyo cuando el triunfo ya es noticia.

Lo observamos con detenimiento en Zapopan, Jalisco, en ese torneo nacional con nombre de abolengo y sede en La Colina, donde los hijos de ex Copa Davis conviven con niños que todavía entrenan con raquetas vanguardistas y sueños a plazos. Y ahí, entre sol inclemente y gritos de “¡Vamos Karim!”, el mexiquense avanzó ronda tras ronda hasta colarse a la gran final, donde enfrentó a Nicolás Castillo, un rival con proporciones físicas que desmienten su edad y recuerdan más al joven Boris Becker que a un niño de secundaria.

La final fue una parábola en tres actos: 1-6, 6-2, 6-2. Karim perdió el primero como quien olvida dónde está el interruptor de la confianza, y ganó los otros dos con la serenidad de quien ya aprendió que los partidos —como la vida institucional— rara vez se definen en el primer set.

Hoy, cuando se menciona que la CONADE podría —otra vez, hipotéticamente— apoyar a la Federación Mexicana de Tenis, se impone una verdad tan elemental como incómoda: los proyectos no deben presentarse para cumplir, sino para transformar. Y para transformar, primero hay que saber a quién se quiere ayudar, cómo se le va a ayudar y, sobre todo, de qué manera se va a evitar que el talento se diluya en los pasillos del papeleo o en la fatiga de los padres.

Karim no es un caso aislado. Es el espejo de muchos. Pero él ya tiene trofeo, ya tiene narrativa, ya tiene —al menos hoy— atención. Lo que falta, como siempre, es voluntad para que las estructuras no premien sólo el resultado, sino acompañen el proceso. Porque los campeones no se hacen sólo en la cancha. También se hacen —o se pierden— en las oficinas.

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