Al caer el telón polvoriento del Nacional de Canchas de Arcilla en Zapopan, Jalisco —esa comarca donde la tradición tenística resiste al olvido como resisten los jacarandosos aires de abril—, Nicole Castillo se llevó algo más que un trofeo: un recuerdo que, como todo lo memorable, se asienta no en la estadística sino en el alma. Venció a Ana Rafaela Reséndiz por 6-2, 6-3 en una final que, más que un desenlace, fue prólogo de un duelo generacional que apenas comienza a escribir sus primeras páginas.
Ana Rafaela, la primera sembrada, llegaba con el aire de quien ya sabe lo que es ganar: la había vencido apenas una semana antes en León, Guanajuato. Pero en Zapopan, la lógica se extravió entre peloteos largos y decisiones firmes. Porque si algo tiene el circuito federado es esa extraña dignidad de lo artesanal: lo forjado más por vocación que por estructura.
Y como si el tenis mexicano se empeñara en recordarnos sus esporádicos momentos de sincronía con la historia, Castillo ya había dado campanazo en San Luis Potosí durante la Semana Santa. Allá, donde el Nacional nació en 1995, quince años después del Challenger que alguna vez ganó Alfonso González, en los años en que las canchas aún se llamaban «de polvo de ladrillo» y el profesionalismo era apenas una aspiración de clase media alta con ilusiones europeas.
La doble conquista de Nicole tiene algo de anuncio generacional. Porque no sólo venció a las mejores: lo hizo en los escenarios de mayor tradición. Y si alguien se atreve a trazar paralelismos, ahí está Renata Zarazúa, que también fue semilla de justas similares, acompañada por una familia que no desertó.
Hoy, con el cambio de administración en CONADE, el tenis mexicano puede aspirar a una política pública que no lo trate como deporte de élites, sino como posibilidad legítima de desarrollo. Pero para eso hace falta más que promesas: se necesita visión, paciencia… y sobre todo, extenistas con memoria. Porque como decía uno que sabía de estos menesteres: el país que no recuerda sus finales, está condenado a no tenerlas.