Por lo menos han pasado tres lustros desde que, en una de esas transmisiones que se confunden con la memoria personal, vimos a Santiago González perder con dignidad protocolaria ante Peter Polansky, canadiense de pasaporte y verdugo de libreto, por 6-1, 6-2, en la previa del US Open.
Los años se acumulan, no por nostalgia sino por estadística: en el tenis mexicano los triunfos internacionales se cuentan como garbanzos de a libra, cosechados entre familias que sustituyen al Estado con su devoción y su cartera. El deporte blanco en México suele ser, más que disciplina, una novela de perseverancia privada.
De pronto, en 2023, el ranking mundial se abrió a la sorpresa: Rodrigo Pacheco, adolescente de raqueta precoz, terminó la temporada como número dos juvenil del orbe. Hazaña que parece más bien un espejismo, si consideramos que desde el año 2000 sólo tres mexicanos han merodeado el Top 10 junior: Bruno Echagaray, César “Tiburón” Ramírez y ahora Pacheco.
La historia, que es madrina cruel, recuerda que Echagaray fue el último en atravesar la muralla de la qualy en 2007, dejando en el camino a Viktor Troicki y Robin Haase, para ser luego desalojado con eficiencia quirúrgica por Mardy Fish en la primera ronda. Ese ha sido, hasta hoy, el cenit del tenis mexicano en Grand Slams: un capítulo de pie de página con la firma de la adversidad.
Ahora le toca a Pacheco entrar al sorteo de la previa. Rival aún desconocido, esperanza intacta. En México ya tiene feligreses: los que llenan tribunas de torneos Challenger y en eventos de mayor pedigrí como Los Cabos y Acapulco, donde no se acude sólo a ver tenis, sino a confirmar que la ilusión todavía existe. Entre ellos circula la conjetura optimista: no solo puede calificar, puede avanzar en el cuadro principal. Y como prueba, ahí está: cuartos de final en Acapulco, el atisbo de que, en medio de un país sin política deportiva, la raqueta todavía puede sonar a futuro.