LA PUERTA SE ABRE EN CONADE, PERO SE REQUIERE UN SASTRE A LA MEDIDA CON UN PROYECTO EFICAZ EN ESTRUCTURA SIN EL PODER DE LAS POTENCIAS, NI LA GARRA DE LOS ARGENTINOS

GOLPE DE REVÉS

AAZ

En el tablero de lo improbable pero no imposible —donde se cruzan la burocracia y la red del tenis nacional— parece que por fin la CONADE podría reconocer los derechos del tenis como deporte digno de recibir apoyo institucional, ese maná presupuestal que baja, no del cielo, sino de los impuestos que pagamos los que aún creemos en la patria.

El tiempo, ese juez implacable con reloj de cuerda floja, no borra ciertas travesuras institucionales: algunos miembros del actual Consejo Directivo, hoy con gesto solemne y postura de «aquí no ha pasado nada», formaron parte del pelotón que dinamitó las elecciones federadas en la primera incursión de Carlos González en la presidencia de la FMT. Y como si la historia fuese una novela escrita por Kafka y producida por Telerisa, convalidaron que Ana Gabriela Guevara —sí, la velocista devenida zarina del deporte nacional— retirara el respaldo al tenis, bajo una lógica que haría sonrojar a Maquiavelo y a una raqueta sin cuerdas.

Fue un golpe duro, sí, pero el tenis mexicano, como esos actores del cine de oro que se aferran al melodrama, ha sobrevivido. No por los reflectores, sino por la costumbre de resistir sin reconocimiento, sin presupuesto y sin red. Y aunque para algunos directivos la dignidad podría significar hacerse a un lado, otros prefieren la perpetuidad del cargo, esa adicción tan mexicana como el bolillo para el susto.

Ahora, el escenario ha cambiado. En la cabina de mando de la CONADE se sienta Rommel Pacheco, un clavadista cuyo historial está más limpio que un uniforme recién planchado para desfile patrio. Y con él —esperemos— una nueva actitud, no de combate, sino de sinergia, palabra tan de moda como evanescente.

Por eso, antes de que la FMT corra presurosa a presentar su programa a la CONADE, convendría una pausa reflexiva (que en el mundo deportivo suele durar lo que un cambio de lado en Roland Garros). Hay que mirar primero hacia los infantiles y juveniles, no como promesa abstracta, sino como realidades en formación. Que no se repita la tragicomedia de jóvenes talentos abandonados en el limbo competitivo, entre federaciones de nombre rimbombante y calendarios que harían temblar al mismísimo Kafka.

Porque, aunque México es potencia organizadora —capaz de montar un ATP en Acapulco con la misma eficiencia con la que se organiza una kermés en colegio de monjas—, seguimos padeciendo la ausencia de tenistas en rankings relevantes. Se organizan eventos como si se cultivaran medallas por ósmosis, pero se olvida que los atletas no brotan de la nada: necesitan estructura, acompañamiento, y sí, también dinero.

Y ahora que un mexicano acaba de vencer a los chinos en trampolín (hazaña que en otra era habría merecido corrido, estampita y tuit presidencial), Rommel debería tener claro que el reto no es la épica de un día, sino la política pública de todos los días. Porque entre aciertos, omisiones y raquetazos burocráticos, el tenis mexicano aún espera su saque ganador.

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