Golpe de Revés
Por Alejandro Álvarez Zenith
«Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», escribió George Santayana, con la sabiduría resignada del que ve la historia como una rueda que chirría, gira, y vuelve a aplastar.
Y hablando de repeticiones, México ha demostrado en el tenis una asombrosa habilidad para no avanzar. No es que no haya talento, es que la historia del tenis mexicano —como tantas otras historias— se escribe con una raqueta rota y un presupuesto evaporado.
En los últimos 25 años, nuestra cantera juvenil varonil ha producido apenas tres Top 10 mundiales en categoría junior: Bruno Echagaray, César Ramírez y Rodrigo Pacheco. Una santísima trinidad que brilla más por su excepcionalidad que por su legado.
En el plano profesional, el último Top 50 fue Luis Herrera, allá en 1992, cuando todavía existía la URSS y los celulares eran del tamaño de un ladrillo. En el tenis femenino, Renata Zarazúa y Angélica Gavaldón figuran como símbolos aislados. Eso sí, las dos potenciadas fuera: una en Estados Unidos, otra en California. Made in Mexico, pero ensambladas en el extranjero.
Y luego está Carlos González, presidente de la FMT, quien ha coordinado cinco años los campeonatos nacionales como quien trata de dirigir una orquesta sin instrumentos, salvo escasas honrosas excepciones.
Desde su llegada, la Conade le retiró el apoyo, no por falta de méritos sino por un golpe de estado menor, cortesía de esa fauna endogámica que habita los consejos directivos deportivos: expertos en la nada, veteranos del sabotaje, curadores del caos. Incluso el responsable del desastre de 2018 en San Luis Potosí sigue ahí, con la sonrisa intacta y la memoria convenientemente corta.
Puntualizamos que hay directivos buenos porque la excepción es parte del sistema.
En medio del naufragio institucional, una figura juvenil irrumpe: Lya Fernández. A los 14 años gana un ITF de 15 mil dólares. Una hazaña. Pero incluso los logros tienen fecha de caducidad cuando los egos toman el control. El circuito de Cancún, ese oasis improbable, comienza a tambalear cuando el promotor se entera —mal— de que la ITF apoya a la FMT con fondos. El detalle: la ayuda va a la federación, no al organizador. Pero como en toda tragicomedia tropical, se prefiere el drama a la gestión, la queja al acuerdo, el colapso a la continuidad.
Si este cronista fuera el presidente, no sólo transparentaría los apoyos, sino que llevaría al promotor a la ITF como se lleva a un testigo estrella ante la Corte Suprema: con fanfarria, gratitud y un folder lleno de números. Pero no. El jaloneo, ese deporte nacional, volvió a ganar.
Los pocos talentos que emergen lo hacen al margen del sistema. Algunos con becas, otros con milagros. Y la FMT, sin torneos profesionales que generen ingresos como en la USTA, sin un Roland Garros que financie el sueño, apenas puede improvisar un programa de desarrollo. Lo que hay es lo que cabe en una canasta de limones verdes y caros. Aquí no se da la uva del Grand Slam, sino el cítrico de la supervivencia.
El tenis mexicano es un arte de resistencia, donde cada promesa es una excepción y cada excepción, una isla. Para que haya futuro, hay que mapear bien el pasado. Pero, como dijo el filósofo, si no lo recordamos, lo repetiremos. Una y otra vez. Hasta que el revés nos reviente la memoria.