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ROGELIO GUERRERO GANÓ EN EL MUNDIAL DE PORTUGAL, LUEGO DE VIAJE MUY LARGO

Rogelio Guerrero, veterano de mil torneos y de un optimismo que ni la aerolínea más caótica pudo extraviar, aterrizó en Portugal para disputar el Mundial de mayores de 55 años. Llegó sin maleta, pero con la obstinación intacta —herencia de su entrenador de infancia, Saúl Arauzo, estratega de barrio y filósofo de la paciencia—.

Reclamó su equipaje como quien recupera la patria chica y se encaminó a la sede, donde la cancha de arcilla, incrustada en un paraje boscoso, parecía una postal para europeos con nostalgia del siglo XIX. Ahí, Rogelio remontó un set, sudó a cántaros y acabó por domar al belga Benjamín Fastre, quinto sembrado, con marcador de 6-7 (0), 6-4, 6-2.

La victoria, dijo entre resoplidos y toalla en mano, le supo a gloria… porque, seamos francos, perder después de semejante inversión en boletos, escalas y estrés aduanal hubiera sido una tragedia digna de bolero triste.

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