Karim Balbuena no juega al tenis: lo ejecuta como si estuviera corrigiendo la historia. Diestro de vocación y destello, natural del Club Berimbau, el joven tenista parece traído de una novela donde los protagonistas no nacen en la élite sino que la interpelan. Quienes lo han visto en acción —y no hablo de las multitudes sino de esos testigos que aún conservan la capacidad de asombro—, encuentran en él un eco lejano del Rodrigo Pacheco infante, ese que en vez de golpear la pelota parecía dialogar con ella.
Lo cierto es que Karim, acompañado por el discreto poder matriarcal de su abuela y su madre —presencias más sólidas que cualquier patrocinador—, se plantó en las canchas del Club de La Colina, allá en Zapopan, y despachó a Camilo Flores por 6-2, 6-1. ¿Resultado contundente? Más bien fue una declaración: el futuro no necesita micrófono.
Y mientras la Federación Mexicana de Tenis continúa sus reuniones llenas de protocolos y nostalgia por los años dorados (que en realidad fueron años de cafetería y ranking inflado), los visores —esos intermediarios entre el ahora y el quién sabe— ya tienen el nombre de Karim subrayado. Que no digan luego que nadie lo advirtió.
En esas juntas, entre las sillas de los directivos, hay quienes entienden que el tenis es más que técnica y sponsors: es carácter, instinto y una dosis de desobediencia bien educada. Otros, que vivieron con más intensidad el fútbol amateur o el squash dominguero, tal vez comprendan menos… pero al menos si no hablan no estorban.
Ahora, Karim se verá las caras con Julián Escalona. Será un partido, sí, pero también un espectáculo sin fuegos artificiales, donde las expectativas no se inflan: se conquistan. Porque Balbuena no juega para ganar; juega para pertenecer a ese raro linaje de los que hacen del talento una forma de resistencia.